En recuerdo
Perro
«El madrileño más famoso de 1882 no era una persona.»
Una noche de octubre, hacia 1880, un perro callejero se coló en el café Fornos de Madrid buscando un trozo de pan. Fornos era el café de los políticos, los escritores y los toreros, y aquella noche estaba allí el marqués de Bogaraya, que fue quien le puso nombre: Paco. En dos años, ese perro sin dueño fue el madrileño más famoso de la ciudad.
No era de nadie y no vivía en ninguna parte: dormía en unas cocheras de la calle de Fuencarral. Entraba en los cafés, en las tertulias y en los teatros de moda, y nadie lo echaba. Cuentan que llegó un punto en que los comerciantes no se atrevían a impedirle el paso, por lo que dirían los periódicos y por lo que pensaría la gente. Un perro callejero con poder de convocatoria: hoy lo llamaríamos de otra manera.
Escribían de él José Fernández Bremón en «La Ilustración Española y Americana» y José Ortega Munilla en «El Imparcial», dos de las firmas más leídas de su tiempo. El dibujante Joaquín Xaudaró lo llevó a sus tiras. Y alguien le dedicó una polka con su nombre, con su retrato en la portada de la partitura: esa lámina de 1882 es una de las imágenes de este memorial, y es él.
Lo que más le gustaba eran los toros. Tenía su sitio en la vieja plaza de Madrid, el tendido 9, y una costumbre propia: cuando moría el toro saltaba al ruedo, daba unas cabriolas y volvía a su localidad al oír los clarines del siguiente. El público lo esperaba.
El 21 de junio de 1882, en una novillada, saltó como siempre y no volvió. Las crónicas de la época no se ponen de acuerdo en el detalle: unas dicen que el novillero temió tropezar con él y otras que Paco lo hizo caer, y a ese novillero se le atribuye el apodo de «Pepe el de los Galápagos». En lo que coinciden todas es en la estocada, y en que Paco no se recuperó de ella.
Madrid lloró a su perro en los periódicos. El taxidermista Ángel Severini lo disecó, y estuvo expuesto en varios sitios de la ciudad, entre ellos una taberna de la calle de Alcalá. Con los años se le fue perdiendo el rastro, y acabó enterrado en el Retiro.
En enero de 2023 —ciento cuarenta y un años después— el Ayuntamiento de Madrid le levantó una estatua en la calle Huertas. Tardó siglo y medio en tener una tumba con nombre.
Paco no era de nadie, así que fue de todos. Cuando murió, una ciudad entera se quedó sin su perro y no supo dónde ponerlo: lo disecaron, lo pasearon por tabernas y lo perdieron. Este memorial es el sitio que no tuvo.
Su familia: Madrid entero
Memorial de ejemplo, con fines de demostración. Imágenes de 1882 y del Madrid del XIX, en dominio público y CC0: la partitura de la polka que le dedicaron y la lámina «¡Que baile! El Perro Paco», el café Fornos fotografiado por Christian Franzen y el Buen Retiro del Rijksmuseum.
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