En recuerdo
Pájaro · Periquito común
«Su canto abría las mañanas.»

Kiwi llegó a casa en junio de 2015, en una caja pequeña y todavía sin nombre. Fue verlo —azul, verde y amarillo, con esa cara de estar tramando algo— y el nombre llegó solo.
Abría las mañanas con su canto antes de que sonara ningún despertador. No fallaba: con la primera luz, la casa entera sabía que era hora de levantarse, quisiera o no. Ocho años sin un solo día de silencio.
Aprendió a decir su nombre y lo repetía como quien firma: «Kiwi, Kiwi», a media voz, cuando algo le gustaba. Después llegaron dos palabras más que mezclaba a su manera, en un idioma propio que nos hacía reír cada día. Y una canción —o el principio de una— que nadie recuerda haberle enseñado y que silbaba entera cuando estaba contento.
Le gustaba posarse en un hombro y observar la casa desde arriba, como si todo aquello fuera suyo. Tenía debilidad por el espejo pequeño de su jaula, con el que mantenía conversaciones larguísimas, y por el borde de la taza del desayuno, donde se plantaba con un descaro que nadie fue capaz de corregirle.
Era diminuto y lo llenaba todo: el hombro, las mañanas, las sobremesas. Los días buenos los celebraba cantando y los malos los arreglaba igual, porque no conocía otra manera de estar en el mundo.
Se apagó en noviembre de 2023, en su jaula abierta, cerca de su gente. Las mañanas quedan más calladas desde entonces, y todavía hay quien mira al hombro antes de salir de casa. Gracias, Kiwi, por ponerle música a ocho años de vida.
Su familia: La familia Molina
Memorial de demostración, creado con fines ilustrativos. Fotografía principal de Anne Hornyak (Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0). Las imágenes de la galería son ilustraciones generadas con IA para este ejemplo.
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