
Xoloitzcuintle
10 de enero de 2012 – 3 de agosto de 2025
«Este año te toca a ti estar en la ofrenda.»
Frijol llegó a esta casa en marzo de 2012, una tarde de aguacero. Lupita tenía once años y lo encontró debajo de un carro a la salida de la escuela, temblando y con las costillas marcadas. Se quitó el suéter del uniforme, lo envolvió y caminó las seis cuadras con él en brazos. Llegó empapada. La abuela dijo que ni loca, que ya bastante teníamos, y esa misma noche le calentó un poco de caldo. A la semana el perro dormía en su sillón.
Le pusimos Frijol porque era chiquito, oscuro y se colaba en todas partes. Era un xolo sin pelo, calientito como una bolsa de agua, con un mechón tieso en la coronilla que no hubo manera de peinar. En las noches de frío se metía bajo las cobijas de quien se dejara, casi siempre de la abuela.
Les tenía miedo a los cohetes y a la escoba, y a los gatos del vecino ninguno. En el patio corría detrás de su pelota naranja entre las macetas, y la abuela lo regañaba por las flores pisadas para luego guardarle el último pedazo de tortilla.
Cada Día de Muertos, Lupita le pintaba la calavera con pintura para mascotas. Él aguantaba muy quieto, con la nariz en alto, porque sabía que al terminar venía el pan de muerto. Nos acompañaba al mercado a comprar el cempasúchil y volvía con pétalos pegados en las patas. Luego se sentaba frente a la ofrenda y miraba las velas un buen rato, como quien espera a alguien. Dicen que los xolos guían a las almas en el camino de regreso; nosotros siempre pensamos que él ya se lo sabía.
Cuando se nos fue la abuela, en 2018, Frijol pasó tres noches echado junto a su sillón vacío. Ese noviembre pusimos su foto en la ofrenda y él se quedó a los pies del altar hasta que se apagó la última vela.
Al año siguiente Lupita se fue a estudiar a Puebla. Los viernes, a eso de las seis, Frijol se subía a la ventana de la calle a esperar el autobús de las siete. Nunca se equivocó de día. Cuando ella abría el zaguán se le olvidaban los años y brincaba como cachorro.
Con la edad se le pusieron blancos los bigotes y le empezó a costar subir al sillón, así que le hicimos un escalón con dos cojines. Pasaba las tardes dormido en su sarape, al sol. En el verano de 2025 Lupita vino a casa a pasar unos días, y él la esperó. Se fue el 3 de agosto, dormido, con la cabeza en sus piernas. Tenía trece años.
Este noviembre le toca a él estar en la ofrenda, junto a la foto de la abuela. Le pusimos su plato con croquetas, la pelota naranja y un camino de pétalos desde la puerta hasta el altar, para que encuentre la casa. Aquí te esperamos, Frijol, como tú nos esperabas a nosotros.
Lo recuerda su familia: Lupita y la familia Ramírez Ortega
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